En el principio era el sexo

2012, Christopher Ryan y Cacilda Jethá

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En el Principio era el Sexo

Los orígenes de la sexualidad moderna. Cómo nos emparejamos y por qué nos separamos. Desde los tiempos de Darwin, nos han contando que nuestra especie tiende naturalmente a la monogamia sexual.

Tanto la ortodoxia científica como las instituciones religiosas y culturales mantienen que hombres y mujeres hemos evolucionado en familias en las que los unos intercambiaban sus posesiones y su protección por la fertilidad y fidelidad de las otras. Pero este discurso se desmorona.

Cada día se casan menos parejas, y los índices de divorcio aumentan sin cesar, mientras el adulterio y la disminución del deseo hacen naufragar incluso matrimonios en apariencia sólidos.¿Cómo conciliar la realidad con el discurso imperante? Según los pensadores Christopher Ryan y Cacilda Jethá, es imposible. Y, en este libro provocativo y brillante, a la vez querebaten casi todo lo que «sabemos» del sexo, ofrecen una atrevida explicación alternativa.La tesis central de Ryan y Jethá es que los seres humanos evolucionamos en su día en grupos igualitaristas que compartían la comida, el cuidado de los niños y, a menudo, las parejas sexuales. Entretejiendo indicios convergentes—obviados habitualmente—que nos ofrecen la antropología, la arqueología, la primatología, la anatomía y la psicología sexual, los autores ponen de manifiesto lo lejos que está la monogamia de formar parte de la naturaleza humana.En el principio era el sexo, siguiendo la tradición de la mejor literatura histórica y científica, da la vuelta con insolencia a postulados injustificados y a conclusiones sin fundamento, ofreciendo a cambio una forma revolucionaria de entender por qué vivimos y amamos como lo hacemos.

A pesar de que existen en el mundo sociedades como los mosuo (China) -en la que las mujeres desempeñan un papel crucial en el mantenimiento de la estabilidad social y económica y donde el idioma no tiene palabras para “marido” o “esposa” y se utiliza el término “amigo”  (“azhu”)- o los minangkabau de Sumatra Occidental (Indonesia) -donde más de cuatro millones de personas sitúan a la madre en el centro de la sociedad- muchos científicos y psicólogos insisten de forma inflexible en que las sociedades han sido y serán siempre patriarcales.

Para demostrar lo contrario y probar que el patriarcado y su consecuente monogamia es el equivalente a ser vegetariano en una especie esencialmente carnívora, los autores Christopher Ryan y Cacilda Jethá escriben de forma brillante y divertida, a la vez que sarcástica, “En el Principio era el Sexo” (Sex at Dawn en su edición en inglés).

En esta obra, el doctor e investigador norteamericano galardonado con el premio Stanley Krippner por su tesis doctoral que analiza las raíces prehistóricas de la sexualidad humana, y la Doctora de origen mozambiqueño, psiquiatra e investigadora en medicina y sexualidad en el entorno rural africano, revisan de forma exhaustiva las abundantes y habituales afirmaciones que suelen hacerse en los ámbitos biológicos, psicológicos y culturales. Concluyen de forma tajante que la monogamia es el resultado de una decisión cultural de tan solo 10.000 años de antigüedad, originada el sentimiento de propiedad que la agricultura originó.

No somos naturalmente monógamos ni la monogamia está grabada en nuestro ADN tal y como se nos ha vendido, sino que se trata de una decisión voluntaria tan válida como la contraria. La sexualidad compartida con personas conocidas o desconocidas ha sido durante el 95% de nuestra historia la opción más practicada por los humanos.

En En el principio era el sexo se citan a decenas de sociólogos, antropólogos, médicos y sicólogos de pensamiento contrario al de sus autores. Un ejemplo lo encontramos en Steven Goldberg, quién en “La inevitabilidad del patriarcado” (titulado Why Men Rule [Por qué mandan los hombres] en ediciones posteriores) ofrece un buen ejemplo de esta visión absolutista:

«El patriarcado —indican de Goldberg— es universal. […] Es más, de todas las instituciones sociales, probablemente no haya otra cuya universalidad concite un acuerdo más unánime […]. No hay, ni ha habido nunca, ninguna sociedad que haya dejado ni remotamente de asociar la autoridad y el liderazgo en el ámbito suprafamiliar al varón. No existen casos dudosos.»

Ahí es nada.

Ryan y Jethá nos recuerdan en su obra que los humanos llevamos unos 200.000 años sobre la Tierra. De ellos, durante 190.000 años hemos vivido en sociedades cooperantes, siendo todos nosotros cazadores-recolectores. Pero durante los 10.000 últimos años desarrollamos la agricultura y con ella la monogamia basándonos en premisas tales como que “una madre y su hijo necesitaban la carne y la protección que un hombre podía proporcionarles (…) A cambio, la mujer debía renunciar a su propia autonomía sexual para garantizar al hombre que el hijo que mantenía era suyo.”

 El discurso convencional de la monogamia -defienden los autores- se basa en la creencia de que el intercambio de proteínas y protección por garantía de paternidad era la mejor manera de aumentar las probabilidades de que un niño alcanzara la edad reproductiva. Pero -se cuestionan- “¿Es posible que el aislamiento atómico del núcleo de marido y mujer con un niño o dos orbitando a su alrededor sea en realidad una aberración cultural que se nos ha impuesto y que es tan inconveniente para nuestras tendencias evolutivas como el corsé, el cinturón de castidad o la armadura? ¿No serán las actuales pandemias de familias fracturadas, agotamiento parental y confusión y resentimiento filial consecuencias previsibles de lo que en verdad es una estructura familiar distorsionada, distorsionada e inadecuada para nuestra especie?” (…) “De hecho uno se pregunta por qué el matrimonio ha de ser siquiera un asunto legal, como no sea por su relevancia para la normativa sobre inmigración y propiedad”.

En definitiva, los autores rechazan la narrativa estándar de la monogamia humana a través de la historia y prueban que los humanos somos naturalmente polígamos. Para ello analizan cuestiones como el comportamiento de los bonobos, nuestros ancestros prehistóricos y parientes primates más cercanos, y proponen una idea diferente de las relaciones sexuales con la que coincido plenamente.

Estamos acostumbrados a expresiones tan habituales como que las personas somos monógamos por naturaleza, y que aquellos que no lo son van en contra de nuestra especie. En mi opinión –y siguiendo la línea de los autores en un libro que para mí supone un punto de inflexión tanto en mi vida personal como puede serlo para aquellas personas que acudan a terapia sexual– las personas tenemos que dejar de sufrir inútilmente tal y como proponen los autores y debemos admitir que nuestra promiscuidad es más natural que nuestra decisión personal por la monogamia.

Solo así, siendo libres para decidir entre dos opciones igualmente válidas, podremos entender por qué nos gusta mantener relaciones sexuales con nuestra pareja y con muchas otras personas, sin sentirnos mal por ello, sino todo lo contrario.

De venta también en Casa del libro.

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